La revisión por pares acompaña a la comunicación científica desde hace siglos. Sus antecedentes pueden rastrearse hasta Philosophical Transactions, fundada en 1665, y, en el ámbito médico, hasta Medical Essays and Observations, publicada en Edimburgo desde 1731, donde los manuscritos eran distribuidos entre miembros considerados especialmente versados en cada materia antes de decidir su publicación. El sistema que hoy conocemos se desarrolló progresivamente durante los siglos siguientes hasta convertirse en uno de los pilares de la publicación científica1.
Antes de que un manuscrito llegue a sus lectores, profesionales altamente calificados y con experiencia reconocida dedican tiempo a leerlo críticamente, identificar sus fortalezas y debilidades, evaluar la pertinencia de sus métodos e interpretar la relevancia de sus resultados. Lo hacen, además, con una responsabilidad particular: de sus observaciones puede depender no solo la publicación de un artículo, sino también la calidad con que ese conocimiento se incorpora a la literatura científica.
Se trata de una tarea de alta exigencia intelectual que, paradójicamente, permanece en gran medida invisible.
Una buena revisión requiere conocimiento especializado, experiencia en investigación, capacidad crítica y prudencia para distinguir entre un verdadero problema metodológico y una simple diferencia de opinión. También requiere generosidad. El buen revisor no se limita a señalar errores: procura contribuir a que el trabajo sea mejor. En ese sentido, la revisión por pares conserva una dimensión profundamente altruista, basada en la idea de que quienes participan de la comunidad científica tienen también una responsabilidad en la construcción colectiva del conocimiento2,3.
La magnitud de esta contribución es difícil de dimensionar. Se ha estimado que, solo durante 2020, los investigadores dedicaron más de 130 millones de horas a revisar manuscritos científicos, equivalentes a casi 15 000 años de trabajo. El valor económico estimado de ese tiempo superó los 1500 millones de dólares únicamente para los revisores de los Estados Unidos4.
Estas cifras adquieren una dimensión particular cuando se considera la economía contemporánea de la publicación científica. La revisión puede entenderse como parte de la reciprocidad que sostiene a una comunidad académica: hoy evaluamos el trabajo de otros y mañana otros evaluarán el nuestro. Sin embargo, esta explicación resulta menos sencilla cuando se observa el modelo económico de una parte importante de la publicación científica. Los investigadores producen el conocimiento, escriben los manuscritos y los revisores aportan gratuitamente su tiempo y experiencia; al mismo tiempo, según el modelo editorial, los autores o sus instituciones pueden pagar cargos para publicar y, asimismo, los lectores o sus bibliotecas pueden pagar para acceder a los contenidos.
La paradoja resulta particularmente visible en las revistas pertenecientes a grandes grupos editoriales con fines de lucro: una parte sustancial del valor intelectual del proceso es aportada por la propia comunidad científica sin remuneración, mientras que esa misma comunidad puede tener que pagar para publicar el conocimiento que produce o para acceder a él una vez publicado. Esto no invalida el principio de reciprocidad que históricamente ha sostenido la revisión por pares, pero obliga a preguntarse hasta qué punto ese principio es equitativo y resulta suficiente para justificar el modelo actual.
Si la ciencia necesita revisores competentes, también necesita preguntarse cómo valorar su tiempo, acreditar su tarea y evitar que una actividad esencial para garantizar la calidad de las publicaciones dependa indefinidamente de una disponibilidad altruista que parece darse por sentada.
A esta tensión se agrega ahora otra, más reciente: la inteligencia artificial generativa.
Las recomendaciones editoriales llaman a una especial prudencia en su utilización durante la revisión, fundamentalmente por los riesgos vinculados con la confidencialidad de manuscritos inéditos, la propiedad intelectual y la posibilidad de que los sistemas generativos produzcan información incorrecta, incompleta o sesgada5,6. Sin embargo, comienza a consolidarse una perspectiva que procura diferenciar la sustitución del juicio del revisor del uso de la inteligencia artificial como herramienta de apoyo.
La Declaración de Heredia, publicada en Costa Rica en 2024, resulta particularmente interesante en este sentido. Reconoce a la inteligencia artificial como una herramienta que puede incorporarse al proceso editorial, pero establece que no debe sustituir las responsabilidades de quienes ejercen los roles de autoría, revisión y edición. Para la revisión por pares propone un uso complementario, bajo principios de transparencia y responsabilidad humana6.
La discusión ha avanzado rápidamente. En 2025, editores de JAMA y de revistas de JAMA Network plantearon explícitamente la posibilidad de estrategias híbridas de revisión que incorporen inteligencia artificial manteniendo al ser humano como responsable del proceso. Entre los posibles usos señalaron tareas como resumir información, verificar la presencia de elementos requeridos o identificar problemas de informe, mientras reconocieron que algunas dimensiones como la originalidad, la relevancia clínica o la interpretación contextual continúan requiriendo especialmente el juicio experto7 . En 2026, Zavaleta-Monestel y cols. retomaron esta propuesta y advirtieron que la incorporación de inteligencia artificial a la revisión no debería orientarse simplemente a acelerar el proceso, sino también a mejorar su calidad, evaluación y la formación de los revisores8.
Quizá la pregunta relevante ya no sea simplemente si los revisores deben utilizar inteligencia artificial, sino para qué podrían utilizarla y bajo qué condiciones. No parece equivalente delegar en una herramienta la valoración de la originalidad, la relevancia o la solidez científica de un manuscrito que utilizarla para asistir en tareas acotadas, como organizar observaciones propias, comprobar aspectos formales o mejorar la claridad de un comentario.
Las primeras pertenecen al núcleo del juicio experto; las segundas podrían, bajo condiciones apropiadas, constituir herramientas de apoyo5-8.
Esta distinción no elimina los problemas. La confidencialidad de un manuscrito inédito debe estar garantizada, el uso de estas herramientas debe ajustarse a la política de cada revista y su utilización debe ser transparente cuando corresponda. Sobre todo, el revisor debe conservar el control intelectual del proceso: la responsabilidad por una revisión no puede atribuirse a un algoritmo; pertenece al revisor que la firma5,6.
La inteligencia artificial ya forma parte de numerosas actividades de investigación, escritura y edición científica.
La revisión por pares necesita del conocimiento, la experiencia y, especialmente, del juicio de quienes la realizan.
Ninguna herramienta debería sustituirlos. Pero preservar la dimensión humana de la revisión no necesariamente exige prescindir de la tecnología. Quizás el desafío no consista en establecer una frontera entre revisiones “con IA” y “sin IA”, sino entre aquello que puede ser asistido y aquello que no debería ser delegado. Tal vez la pregunta que debamos hacernos ya no sea si los revisores utilizarán inteligencia artificial, sino qué usos estamos dispuestos a considerar legítimos, transparentes y compatibles con la responsabilidad que les confiamos.